Todos podemos ser esencialmente violentos

Yolanda Muñoz
Yolanda Muñoz

Shoganai Psicología

Decía Damasio que todos los seres humanos, además de tener una extraordinaria capacidad positiva, somos capaces de hacer cosas terribles, como torturar o matar a otras personas, que ambas cosas son algo inherente al ser humano. Hay personas, en cambio, que afirman que bajo ninguna circunstancia harían semejantes conductas.

Marina Abramovic, una artista serbia, quiso hacer un experimento para comprobar hasta dónde puede llegar la gente cuando se le da total libertad para hacer lo que quiera. Para ello, llevó a cabo Rhythm 0 (1974), una performance durante la cual se quedó completamente quieta durante seis horas en medio de la sala de un museo. A su lado había colocado una mesa con 72 objetos muy variados, algunos pensados para proporcionar placer (flores, jabón, una pluma, un broche para el pelo, un pintalabios, un pañuelo, perfume, chocolate, vino, uvas…) y otros para administrar dolor (un martillo, unas tijeras, un cuchillo, un látigo, un hacha, una pistola…). La consigna para los asistentes era la siguiente: “En la mesa hay setenta y dos utensilios que pueden usar sobre mí como quieran. Yo soy el objeto”. Marina había dado orden de que el espectáculo no se podía interrumpir bajo ningún concepto y asumió la plena responsabilidad de todo lo que le pudiera suceder, incluida su propia muerte.

“En la mesa hay setenta y dos utensilios que pueden usar sobre mí como quieran. Yo soy el objeto”

Durante las tres primeras horas, el público se mostró curioso y tranquilo. La mayoría de los espectadores fue respetuoso y amistoso: le dieron besos, le regalaron flores, chocolate, le hicieron caricias con la pluma… En las tres últimas horas, sin embargo, todo fue cambiando progresivamente, produciéndose comportamientos impredecibles y una escalada de violencia: empezaron a empujarla; a pincharla con las espinas de las rosas; a hacerle pequeños cortes por todo el cuerpo; un hombre le escribió “END” (fin) en la frente con el pintalabios, un grupo la llevó hasta la mesa, la ató y colocó un cuchillo, amenazante, entre sus piernas; desgarraron su ropa con hojas de afeitar; un hombre le hizo un corte en el cuello y bebió su sangre; algunos la agredieron sexualmente.

El punto álgido llegó cuando uno de los espectadores cargó la pistola y apuntó a la cabeza de Marina. En ese momento, los asistentes se dividieron claramente en dos grupos, entre los que querían que los abusos pararan y aquellos otros que deseaban continuar. Finalmente, uno de los espectadores le quitó la pistola al que la empuñaba. Al acabar las seis horas, la artista empezó a moverse y se acercó a los espectadores, pero estos salieron corriendo de la sala por miedo a las represalias de la joven.

¿Qué demostró este experimento?

Que los límites sociales ponen freno a esa cara oculta de la psique de las personas. Algunas personas pudieron dar rienda suelta a sus instintos agresivos porque no había ningún tipo de respuesta inhibitoria. A medida que las conductas vejatorias iban avanzando, nadie les decía que no podían hacerlo, nadie los detenía. Tenían permiso para hacerlo y ninguna limitación. A qué velocidad puede herirte alguien cuando se siente autorizado.

Que es más fácil ejercer la violencia contra una persona cuando la vemos como un objeto, como algo inerte, desprotegido y sin capacidad de defenderse. Algunos espectadores humillaron a Marina de múltiples formas mientras esta era un sujeto pasivo. En cambio, cuando pasó a ser un sujeto activo potencialmente capaz de responder a las agresiones sufridas, la respuesta de las personas fue de huida. Hasta qué punto es fácil hacerte daño cuando te deshumanizan.

Para la reflexión.

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