Todo por un like

Yolanda Muñoz
Yolanda Muñoz

Shoganai Psicología

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Al hilo de la publicación de esta noticia, en la que una Instagramer se hizo un selfie junto al féretro de su padre, se me viene una reflexión.

No seré yo, ni como persona, ni mucho menos como psicóloga, quién diga cómo y cuándo debe cada uno mostrar (o no) su dolor por la muerte de un ser querido. No conozco de nada a esta chica, no sé de sus sentimientos, ni de la relación que pudiera tener con su padre. Pero sí me pregunto qué necesidad tiene de exhibir un momento, a priori, tan íntimo y presumiblemente doloroso, ante sus trescientos mil seguidores y, potencialmente, millones de personas.

Desde el punto de vista psicológico, la pérdida de un ser querido invita a la tristeza y al recogimiento, a guardarse para adentro, a elaborar la pérdida desde la reflexión y la conexión con los propios sentimientos. Además, la mayoría de las personas sienten tanto dolor en esos momentos que la parte social del funeral se les antoja un trámite obligatorio que desearían ahorrarse: no están para ver a nadie. Muchas personas apenas tienen fuerzas para vestirse y pasarse un peine por el cabello. A esta chica, en cambio, viéndola, pareciera que ha dedicado mucho tiempo a aparecer “perfecta” en el funeral de su padre, desde el peinado, hasta el maquillaje y qué decir del vestuario. Y algo tan perfecto no puede pasar desapercibido, hay que mostrarlo.

Y a eso es a lo que voy, a la necesidad que tienen hoy muchas personas de enseñarle al mundo todos y cada uno de los aspectos de su vida. Los cuidadosamente escogidos, claro está. En una sociedad en la que se ha vuelto imperioso el reconocimiento social de la imagen, no importa cómo estemos en realidad, cómo nos sintamos, cuáles sean nuestros problemas y nuestras preocupaciones. No se muestra uno recién levantado, despeinado y con legañas. Ni se enseña una habitación desordenada. O un día en qué no hemos hecho nada y nos hemos tirado en el sofá. Tampoco cuando nos han despedido, cuando estamos preocupados por el trastorno alimenticio de nuestra hija o ese día que nos sentimos tristes porqué sí.

No, lo que se muestra es una falsa apariencia de felicidad y perfección, para la que, si hace falta, se retocan las fotos y se hacen montajes, para que se nos vea esbeltos, sin arrugas, con ojos grandes y pestañas kilométricas, vestidos a la última moda y en sitios dónde ni siquiera hemos estado o haciendo algo que en realidad no hemos hecho.

Todo por un like.

Porque recibir esos “me gusta”, ese doble clic al corazón, se ha convertido en el refuerzo positivo de muchas personas en el mundo, especialmente entre los jóvenes y adolescentes. En una sociedad globalizada, individualista y competitiva, el bienestar emocional pasa, para muchos, por tener miles de seguidores que continuamente aprueben sus publicaciones y les hagan comentarios reforzantes.

Me pregunto porqué esa falta de refuerzo positivo en el entorno más cercano, de una forma más “normal” y tradicional, si me lo permiten. Y no puedo menos que entonar un mea culpa como padres, educadores, sociedad. Algo estamos haciendo mal cuando hay tantas personas con vidas tan vacías y tan necesitadas de refuerzo positivo y de aprobación social. Bien porque no se les está dando el suficiente refuerzo, bien porque lo que se refuerza, lo que se estimula y se fomenta, es una desesperada e insaciable búsqueda de ser el mejor, el más querido, el más visto. Probablemente ambas cosas.

Y esto lleva a muchas personas a hacer prácticamente lo que sea: desde exhibir a sus hijos incluso mucho antes de que lleguen a ser siquiera un feto, hasta “torturar” a su pareja o a su madre gastándoles continuamente “bromas” insufribles para subirlas a redes sociales, pasando por la exhibición completa de sus cuerpos, su ropa, su manera de maquillarse o de hacer ejercicio, probando tales o cuáles productos (sin olvidarse de mencionar a la marca, para que les hagan regalos) y de lo feliz y maravillosa que, en general, es su vida.

A veces, la cosa va tan lejos, que les ha costado incluso la vida: sería superguay subir una foto en el borde de ese rascacielos; tengo que hacer un baile increíble encima de esa claraboya de cristal; voy a hacer este truco con mi coche, que no lo ha hecho nadie hasta ahora…

Tantos likes tienes, tanto vales

Lamentablemente, de esta moda exhibicionista y esta búsqueda del like se salvan muy pocas personas, e incluso se ha trasladado al campo profesional. Más de una vez he oído la frase: “si no estás en redes, no eres nadie”. Y por ejemplo en mi profesión, observo una encarnizada lucha por ser el psicólogo o la psicóloga de moda, el o la influencer de la psicología, quién tenga la mayor comunidad de seguidores, más likes, más ofertas para salir en los medios, quién escriba más libros (no importa de qué calidad)…

Y es difícil no caer en esa trampa. Yo misma. Inicialmente me planteé las redes sociales profesionales como un medio para la psicoeducación y la difusión. Pero rara es la semana que no me acucien pensamientos y sentimientos de culpa por lo que “debería” estar publicando, porque tengo las redes “abandonadas” o porque tal o cuál post ha tenido “poca repercusión”. Como si eso me hiciera ser mejor psicóloga.

Tantos likes tienes, tanto vales, que diría el refrán en su versión moderna. Me recuerda al capítulo 1 de la tercera temporada de la magistral serie Black Mirror, “Caída en picado”, que nos cuenta algo que, desde luego, ya está muy lejos de ser ciencia ficción.

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