Sobrevivir al síndrome post-vacacional

Yolanda Muñoz
Yolanda Muñoz

Shoganai Psicología

Estos días sois muchxs los que vais a volver a la rutina después de un periodo de vacaciones. Este año, además, después de una temporada jodidamente difícil. ¿Sabías que puedes experimentar el síndrome post-vacacional?

No todos tenemos la misma capacidad de adaptación a la hora de retomar rutinas y un ritmo de vida estresante. Las vacaciones suponen un pequeño oasis de placer y desconexión, en el que solemos olvidarnos de las obligaciones, los problemas, las dificultades económicas, etc. Por eso, a veces, el aterrizaje puede resultar abrupto.

Hablar de depresión post-vacacional, término muy extendido, me parece algo exagerado. La depresión es un trastorno con mucha más entidad y consecuencias más graves para las personas que la padecen. Sin embargo, sí se ha documentado que existe una serie de síntomas directamente asociados a esta vuelta al trabajo o a la rutina.

¿Por qué no lo sufre todo el mundo?

Obviamente, todo está en nuestra mente.

Este síndrome surge porque en gran parte de nuestro entorno, el trabajo se tiene por una actividad negativa, obligada y sacrificada. Por eso, en las sociedades en las que se considera el trabajo como algo creativo, con sentido por sí mismo y digno para el ser humano, el estrés postvacacional prácticamente no existe.

Nuestra sociedad es de las primeras. Sin embargo, en pleno confinamiento, cuando muchas empresas, autónomos y trabajadores vieron peligrar su puesto de trabajo o su economía, la percepción general cambió y se consideraba que, tener un trabajo, aunque fuera desde casa, era un privilegio y algo positivo. Desde esta perspectiva, es probable que el índice de personas que sufran el síndrome post-vacacional este septiembre sea menor que en otros años, precisamente por eso, porque percibimos que, tal como está el patio, qué guay que podemos volver a trabajar.

Pero seguirá habiendo un porcentaje de personas a las que la vuelta se les haga muy dura, aquellas que, por el contrario, perciben el trabajo como algo estresante, que escapa a su control y como algo antagónico a la situación de placer y anarquía que nos ofrecen las vacaciones. Esta percepción es más probable en personas controladoras, que tienden a planificar y organizar su vida al minuto, en personas pesimistas, en aquellas que tienen miedo a equivocarse, o en personas a las que no les gusta su trabajo o tienen problemas con jefes o compañeros. Igualmente, las personas con dificultades previas de ansiedad, depresión, trastornos de personalidad, u otras problemáticas psicológicas, pueden desarrollar más fácilmente este síndrome o ver empeorado su trastorno.

Además, no es un síndrome exclusivo del mundo adulto o de las personas trabajadoras, sino que también puede darse en niños y adolescentes ante la vuelta al cole, o en personas que retomen alguna actividad interrumpida por las vacaciones, aunque no sea un trabajo como tal.

El quid de la cuestión está en saber encajar el volver a las obligaciones, la rutina y el estrés, después de un periodo más o menos prolongado de placeres y cierto libertinaje.

¿Cómo puedo saber si tengo el síndrome post-vacacional?

Habitualmente, los síntomas que configuran este síndrome son el cansancio generalizado, el dolor muscular, las alteraciones del sueño y del apetito, la falta de motivación, la tristeza y la irritabilidad.

Pueden aparecer desde unos días antes de la vuelta al trabajo hasta unos días después de haber empezado y pueden durar entre 2-3 y 20-21 días, hasta que consigues adaptarte a la nueva realidad.

Un reducido número de personas, sin embargo, no consiguen adaptarse. Si el malestar persiste en el tiempo, puede desembocar en trastornos de ansiedad y/o depresión y será hora de consultar con un especialista.

¿Puedo hacer algo para prevenirlo o hacer que no se enquiste?

Sí. Si sigues estos consejos, la vuelta al cole o al trabajo te será más llevadera:

1. No apures las vacaciones hasta el último momento, vuelve a casa unos días antes. Empezar al día siguiente de haber vuelto de viaje es un cambio demasiado brusco y te lo hará más difícil y pesado.

2. En cambio, volver a casa antes, te permitirá regular los horarios de comida y sueño, la alimentación y el ejercicio físico progresivamente antes de empezar a trabajar. De esta forma, dispondrás de unos días para acostumbrar a tu cuerpo a las rutinas y horarios de la actividad normal, pero sin forzar, ya que todavía no tienes la obligación de cumplirlos a rajatabla.

3. Planifica tu agenda de forma realista (las vacaciones no nos han transformado en Superman o Superwoman, no pretendas hacer un millón de cosas que ya no hacías antes), con objetivos pequeños y asumibles (cosas que sean fáciles de conseguir aunque, paso a paso, nos lleven a un objetivo mayor), formulados en positivo (es mejor planificar algo como “contestar los correos diariamente” que algo como “que no se me acumulen los correos sin contestar”) y ordena tus objetivos y tareas por prioridad (en función de si son urgentes/no urgentes e importantes/no importantes). Además, acepta que pueden haber imprevistos y que no pasa nada por ello.

4. No te lleves trabajo a casa. Este es un consejo aplicable a cualquier momento del año, pero especialmente a la vuelta de vacaciones, para que no se te haga aún más dura si te pasas el día entero trabajando. Es como pasar de 0 a 100. Por más que el cumplimiento de objetivos o la entrega de un proyecto o pedido apremie, hay que separar tiempo y entornos laboral y personal.

5. Disfruta de los momentos libres haciendo cosas que te produzcan satisfacción. Volver de vacaciones no tiene porqué significar que se acabó el placer y la diversión hasta el año próximo. Te sentirás mejor si, en tu rutina diaria o semanal, encuentras tiempo para hacer aquello que te hace feliz. Esto puede (casi debe) aplicarse al entorno laboral: aprovecha los descansos para conversar o salir a tomar algo con los compañeros, leer un libro, pasear… en definitiva, aquello que te haga sentir que estás haciendo un break agradable en la jornada.

6. Acepta tus emociones. Aunque parezca de perogrullo, la vida no es siempre de color de rosa y pretender estar siempre felices y positivos sólo nos puede conducir a la frustración. La melancolía, la tristeza, la angustia o la rabia, también están bien. Las emociones, sean cuáles sean, nos ayudan, entre otras cosas, a adaptarnos a los cambios. Obviamente, a nadie le gusta estar triste o irritable, pero enfadarte por ello, resistirte o castigarte con pensamientos del tipo “no debería sentirme así, soy afortunadx por tener trabajo”, no te va a ayudar en nada, sino todo lo contrario. En consecuencia, permítete sentir esas emociones, entiéndelas, ponlas en contexto y canalízalas.

7. Enfócate en lo bueno, en lo positivo. En lugar de enfocarte en lo terrible que resulta volver a trabajar y lo bien que se está de vacaciones, focaliza tu atención y tu emoción en las cosas buenas de tu vida. Agradece lo que tienes. Un buen trabajo, una familia, tu casa, tus amigos, tu tiempo libre…. Antes de irte a dormir agradece tres cosas de tu vida, hazlo desde el corazón y cada noche agradece tres cosas diferentes. Te sentirás afortunadx por lo que ya tienes y centrará tu mente en lo positivo.

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