Por qué somos (los nuevos) racistas

Yolanda Muñoz
Yolanda Muñoz

Shoganai Psicología

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Aunque se han producido muchos avances sociales y políticos en materia de racismo, lo cierto es que la discriminación racial persiste hoy en día, sólo que se ha transformado, ha desarrollado otras formas más sutiles de manifestarse y que a menudo son difíciles de identificar. Cuando nos preguntan a muchos si nos consideramos racistas, nuestra escandalizada respuesta suele ser categóricamente “no”, porque lo asociamos al concepto tradicional de racismo. Pero eso no significa que no lo seamos.

En primer lugar, hay que comprender que hay detrás del racismo. Es una forma de discriminación (por raza o color de piel) que no aparece porqué sí, o en función de si eres “buena” o “mala” persona, sino que está basada en una serie de mecanismos psicológicos:

1. Categorización social y prejuicios

El ser humano necesita ordenar la realidad en categorías para poder responder ante ellas. Al realizar ese proceso cognitivo, usamos la asimilación (qué cosas se parecen) y la diferenciación (qué cosas son distintas). Además, varios estudios de psicología social demuestran que, al categorizar, se pone en marcha otro mecanismo cognitivo que es la homogeneidad del grupo externo, lo que significa que tendemos a ver a los miembros de un grupo externo (diferente al nuestro) más similares entre ellos que a nosotros y a los de nuestro grupo. Cuando se exageran esas diferencias entre el “nosotros ” y el “ellos”, es cuando se cae en el prejuicio: “ellos son todos iguales, en cambio nosotros tenemos nuestras características que nos diferencian” (todos los negros son… todos los gitanos son… todas las mujeres son… todos los ricos son…).

2. Los estereotipos

Sobre la base de un prejuicio, construimos un estereotipo, es decir, pensamos que una persona tiene determinadas características sólo por el hecho de pertenecer a una categoría social (John es como todos los negros… Manuel es como todos los gitanos… Laura es como todas las mujeres…).

Los estereotipos se construyen en base a tres mecanismos:

– Nos los transmiten socioculturalmente, en la familia, la escuela y los medios de comunicación.

– Se basan en “algo de verdad”, existen algunas de esas diferencias sociales, económicas y culturales.

Tenemos un sesgo cognitivo llamado correlación ilusoria, que consiste en asociar cosas que en realidad tienen poca o ninguna correlación. Por ejemplo, tendemos a recordar más fácilmente las cosas que más nos llaman la atención, supongamos, en un país predominantemente blanco, los delitos cometidos por negros. Eso no significa que los blancos no cometan conductas antisociales, sino que no nos llaman tanto la atención y tendemos a olvidarlo. En este caso, la correlación ilusoria consistiría en establecer una relación entre la delincuencia y el color de piel.

3. La identificación social

La identidad social es el autoconcepto que tenemos de nosotros mismos en cuanto a los grupos a los que pertenecemos. Puesto que, en general, las personas tenemos tendencia a vernos de forma positiva, extrapolamos esto a nuestra identidad social, y entonces vemos a nuestros grupos de pertenencia de forma más positiva que aquellos a los que no pertenecemos, es decir, tenemos favoritismo hacia nuestro propio grupo. Diversos estudios han demostrado que las personas con más baja autoestima son más propensas a tener prejuicios, que estarían destinados a intentar mantener o subir esa autoestima (“los demás son peores que yo”).

Por otra parte, existe una serie de situaciones que fomentan que esos prejuicios se desarrollen:

· Cuando nuestra mente está muy ocupada. En realidad, desde el punto de vista estrictamente cognitivo, los prejuicios nos sirven como atajos mentales para ahorrarnos trabajo (acabamos antes etiquetando una categoría y sus características asociadas que describiendo todas sus particularidades). Por eso se ha visto que, cuanto más ocupada está nuestra mente en alguna tarea cognitiva, más utilizamos los prejuicios para relacionarnos con los demás. Sucede lo mismo con las emociones: a mayor intensidad emocional, mayor tendencia a caer en prejuicios.

· Cuando dos grupos compiten por los mismos recursos. En ese caso, tienden a construir prejuicios el uno contra el otro, cosa que disminuye cuando ambos grupos cooperan para alcanzar un objetivo común.

· Cuando sentimos amenazada nuestra identidad social. El miedo a lo diferente, a lo desconocido, a pensar que están en peligro nuestros valores, estatus socioeconómico, etc., hace que intensifiquemos nuestra percepción positiva del endogrupo (aquel al que pertenecemos) en contraposición al exogrupo (el otro por el que nos sentimos amenazados).

· Cuando creemos que hay una diferencia significativa entre lo que tenemos y lo que deberíamos tener. Esto es, cuando percibimos que el otro grupo lo está haciendo mejor que nosotros y tiene mejor estándar de vida, mientras que nuestros logros están lejos de nuestras expectativas. Nos sentimos deprivados como grupo.

Sin embargo, no hay que confundir prejuicio con discriminación. El prejuicio racial no deja de ser una actitud hacia un grupo determinado, y como tal, tiene tres componentes: creencias e ideas sobre ese grupo, afectos o emociones que nos producen esas ideas y los comportamientos que mostramos hacia ese grupo. Es este último componente, el de la conducta, el que se conoce como discriminación, es decir, el hecho consumado. Así, uno puede tener una actitud racista (pensamientos y emociones) pero no necesariamente discriminar (no realiza conductas en ese sentido).

Según esta definición, el racismo clásico consistiría en tener sentimientos de odio injustificados por razas diferentes a la de uno mismo, teniendo como resultado el insulto, la discriminación, y en algunos casos, la violencia. Y esta es la posición ante la que muchos manifestamos que “no somos racistas”.

Pero, aunque esta forma tradicional de racismo todavía existe (el 52% de los europeos se oponen a la inmigración de personas de diferente raza y al 27% no les gustaría que una persona de otra raza o grupo étnico se casara con alguien cercano), lo cierto es que se han instaurado entre nosotros nuevas formas de racismo.

El racismo clásico consistiría en tener sentimientos de odio injustificados por razas diferentes a la de uno mismo, teniendo como resultado el insulto, la discriminación, y en algunos casos, la violencia.

El nuevo racismo

Las nuevas formas de racismo no son excluyentes (se puede practicar más de una) y tienen en común que, en contextos sociales que se declaran anti-racistas, se ejercen formas sutiles, indirectas o encubiertas de colocar a los exogrupos en una categoría humana inferior a la propia.

· Racismo moderno: aunque se niega que exista discriminación racial, se experimentan emociones negativas y odio hacia los miembros de ese grupo que ascienden rápido en el ámbito socioeconómico y ante la “discriminación positiva”, es decir, las concesiones que la sociedad de pertenencia hace hacia ellos (ayudas económicas, beneficios sociales, etc.).

· Racismo simbólico: se tienen emociones negativas asociadas a personas negras o inmigrantes, asociándolos a hechos negativos como la pobreza o la delincuencia. Así, aunque manifiesten estar en contra del racismo, pueden, por ejemplo, estar en contra de que se implementen políticas favorables a minorías sociales.

· Racismo ambivalente: existe un conflicto entre las propias emociones negativas y positivas hacia un grupo racial, una tensión entre el valor del reconocimiento de la igualdad democrática y el valor del individualismo, lo que se traduce en reacciones de incomodidad hacia esas personas.

· Racismo aversivo: es una de las formas más complejas y consiste en creer y respetar la igualdad entre razas, pero, a la vez, sentir aversión por las minorías étnicas, que se traduce en sentimientos de miedo, ansiedad o incomodidad hacia el otro. Así, por ejemplo, el racista aversivo simpatiza con las personas de una raza que han sufrido un trato injusto en el pasado y apoya políticas contra el racismo, pero a la vez tiene creencias y sentimientos aversivos hacia personas de otras etnias.

· Infra-humanización: consiste en considerar a las personas del exogrupo menos humanos, especialmente cuanto a la capacidad de sentir emociones secundarias o propias de los humanos.

· Ontologización: creer que las diferencias entre grupos no son sólo socioculturales, sino que, de hecho, responden a motivos naturales o biológicos. Esto es, que hay grupos inferiores al propio, que estarían más cerca del rango de los animales que de los humanos. Aunque esto difícilmente se expresará de forma directa, se evidencia en comportamientos como, por ejemplo, la menor frecuencia de parejas interraciales, ya que los grupos las perciben “contra la naturaleza”, “no hay que mezclar”, mientras que esto no sucede entre personas de la misma raza pero distinta nacionalidad o religión. Esto demuestra que aún persiste el mito de la pureza racial y el miedo a la contaminación.

· Hetero-etnización: se cree que las personas del exogrupo tienen características culturales muy diferentes a las propias, por supuesto, inferiores, lo que se correlaciona con un patrón de creencias negativas sobre ese grupo.

Tal vez te declaras no racista y, sin embargo, te has podido reconocer en alguna(s) de estas nuevas formas de racismo. Mientras sigan existiendo estas actitudes, las viejas y las nuevas, no se podrán hacer verdaderos avances en la lucha contra la discriminación racial y étnica. Lamento decirlo, pero muchos de los que están llenando hoy sus pantallas de negro, practican alguna de estas formas de racismo, y tal vez ni son conscientes de ello.

La solución pasaría, primero, por hacer un verdadero autoanálisis y concienciación de nuestro propio concepto y actitud de racismo. Y, a la vez, en instaurar modelos educativos multiculturales. De hecho, es sabido que las personas que más han viajado y más culturas distintas han conocido, son las más tolerantes, abiertas y menos racistas. En palabras de Nelson Mandela, la educación es el arma más poderosa que puedes usar para cambiar el mundo.

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