La psicóloga imperfecta

Yolanda Muñoz
Yolanda Muñoz

Shoganai Psicología

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Cuando estudiaba, me dijeron hasta la saciedad que una buena psicóloga, (y lo que las personas que van al psicólogo esperan encontrar) es una persona seria, respetuosa, responsable, que cumple siempre sus promesas y obligaciones, hace muchas preguntas, habla poco, nunca muestra sus emociones y mantiene una distancia y una línea férrea entre la vida personal y la profesional delante del paciente.

“Tatúate eso a fuego si quieres ser psicóloga”.

OK

Pero es que esa no soy yo.

Me tomo muy, pero que muy en serio, mi trabajo y los problemas y las emociones de mis pacientes. Pero eso no quita que use, y mucho, el sentido del humor.

Respeto y no juzgo ninguna conducta, creencia o ideología de mis pacientes. Me centro en lo que necesitan y procuro dárselo o ayudarle a que lo consigan, piensen como piensen, hagan lo que hagan. Pero no todo vale. Hay conductas, creencias o ideologías que, a pesar de respetar su existencia, no dejaría entrar o echaría de mi consulta, igual que no lo haría en mi casa.

Soy hiper responsable, me formo continuamente, preparo concienzudamente mis casos, hago supervisión. Pero a veces (y desde que me acompaña la #sfc, más), me olvido de enviar una tarea o texto que prometí, de cambiar una cita o llamar para programarla, o en medio de una sesión no recuerdo lo que iba a decir, el autor que iba a citar o cómo continuar mi discurso.

Hago muchas preguntas… ¡¡sí!! 😊😊 Creo que sé escuchar. Pero también hablo mucho. Converso con mis pacientes, les explico conceptos y experiencias que creo que les pueden ser útiles. Les devuelvo hipótesis o explicaciones científicas acerca de lo que les pasa. Tenemos un encuentro entre dos personas, no un interrogatorio o un monólogo.

Y en ese encuentro, muchas veces expreso mis emociones. Me alegro enormemente con los progresos de mis pacientes y así se lo hago saber. Me emociono cuando dan un pequeño gran paso que sólo él o ella y yo sabemos cuánto tiempo llevamos trabajando en terapia y lo que le ha costado. Me entusiasmo con sus insights y con sus proyectos e ilusiones. Me entristecen sus recaídas y su angustia y más de una vez me conmuevo profundamente con su dolor y su sufrimiento. “Sobre todo, nunca puedes ponerte a llorar delante de un paciente, ellos esperan de ti que seas fuerte, no que te pongas a llorar con ellos”, me decían. Estoy de acuerdo, no puedo ser alguien que se derrumba delante de alguien que está derrumbado. Pero tampoco soy, ni quiero serlo, alguien de hierro. Hay historias, hay momentos, que me han hecho saltar las lágrimas, que me han hecho levantarme del sillón y, siempre respetuosamente y con su permiso, darle un abrazo a mi paciente. A pesar de que es otra de las cosas que debía tatuarme a fuego: ¡cero contacto físico!

Y por último, claro que mantengo separadas mi vida personal y profesional ante el paciente. Pero no siempre. No en todo. La relación terapéutica, por más que haya quién se empeñe en decir lo contrario, no puede ser simétrica. Por dos cosas fundamentalmente: una, el paciente espera encontrar a alguien que le ayude con sus problemas, alguien que tenga conocimientos y herramientas que él no tiene, un “experto”; y dos, el paciente paga por ese experto.

No me gusta adoptar el rol de experta y, por otra parte, el mayor “experto” en la vida del paciente es el propio paciente. Por eso parto de la base de que mi trabajo es un camino conjunto, de la mano, con la persona. Para ayudarla a superar sus problemas o conseguir sus objetivos. Pero es innegable que en ese camino yo debo aportar mis conocimientos y experiencia profesional. Y cobro por ellos. Por eso no somos amigos. Ni la relación puede ser horizontal.

Aun así, a veces comparto cosas de mi vida personal. Cuando creo que a la persona le puede resultar útil, le puede ayudar a sentirse más comprendida, más identificada, o, simplemente, más cercana a mí, en beneficio de la relación terapéutica.

Y esta forma de proceder tal vez no me convierta en la mejor psicóloga del mundo. Pero sí creo que me hace una psicóloga más cálida, más humana y más auténtica, porque por encima de todo y de todos, me muestro tal y como soy.

Y hay a quién le ayudo y todo 😉

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